El mercado del matcha está lleno de productos que comparten nombre pero no calidad. Estas son las señales que puedes evaluar sin ser catador.
El color
Es el indicador más honesto. Un buen matcha es de un verde vivo e intenso, casi eléctrico. Los tonos apagados, amarillentos o parduzcos indican hojas más maduras, exposición al sol, oxidación por mal almacenamiento, o simplemente producto viejo.
La textura
Debe sentirse como talco, no como arena. Frota una pizca entre los dedos: un matcha molido en piedra es sedoso y se compacta ligeramente. Si raspa, se molió industrialmente o la molienda fue gruesa.
El origen declarado
Busca que el empaque diga la región concreta, no sólo el país. Uji, en Kioto, es la zona históricamente asociada al matcha de mayor calidad, pero hay regiones excelentes en Nishio y Kagoshima.
Una etiqueta que sólo dice «producto de Japón» sin más detalle suele significar que no hay nada más que presumir. Y ojo: «empacado en Japón» no es lo mismo que «cultivado en Japón».
El empaque
El matcha se degrada con la luz, el aire, la humedad y el calor. Un empaque opaco y sellado es señal de que quien lo vende sabe eso. Una bolsa transparente en un anaquel iluminado, no.
La prueba definitiva: el sabor
Prepáralo solo con agua a 80 °C. Un buen matcha ceremonial tiene dulzor natural, cuerpo y un final largo y vegetal. La astringencia existe, pero es un marco, no la protagonista.
Si lo primero y lo único que percibes es amargor seco, o estás bebiendo un matcha culinario, o el producto no es lo que dice ser.
Cómo conservarlo
Guárdalo cerrado, lejos de la luz y del calor, y no encima de la estufa. Un matcha abierto rinde mejor consumido en semanas, no en meses. Si lo refrigeras, déjalo llegar a temperatura ambiente antes de abrirlo, porque la condensación lo apelmaza.
